Se trata de una imagen que se guardaba en el convento de la Santísima Trinidad y que desde la Desamortización del Ministro Mendizabal se encuentra en la iglesia de San Gil.

Se trata de una fantástica talla en madera de nogal, que está ahuecada en el tórax y en el paño de pureza para evitar que se agriete.
Su frente, sus ojos hundidos, su boca entreabierta, que permite que veamos su lengua hace que podamos sentir su dolor y que en la tarde noche de domingo de ramos, a la luz de las velas de sus penitentes, impresione a los numerosos creyentes y no creyentes que se acercan a verlo.

A nuestros turistas les llama poderosamente la atención las numerosas pinturas del cuerpo, que recuerdan a las llagas del Cristo crucificado.

No entraremos ahora en su autoría o influencias, pero sí en la tradición que cuenta que el propio Papa Inocencio III lo donaría a Juan de Mata, fundador de los Trinitarios, en época del rey Alfonso VIII.

Así cuenta también la tradición que el Santísimo Cristo derramó 16 gotas de sangre cuando, al demoler la bóveda de la capilla en 1366, cayó una piedra sobre la cabeza de la talla. Gotas que se conservan a sus pies.

A ella se le atribuye numerosos milagros que han hecho que la devoción por este Santo Cristo se haya mantenido hasta nuestros días.


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